EL HOMBRE Y SU VERDE CABALLO

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Apoyando la muleta sobre la tierra encharcada, avanza el indio Genaro por ell rojo camino del río. La muleta se hunde profunda en el fango. El sol húmedo de la mañana, el esfuerzo que hace por sacar la muleta del barro mantienen su rostro goteando espeso sudor.

El camino es de greda roja, muy blanda, despedazada por el continuo pasar de recuas. Antes del mediodía el indio se halla casi desfallecido sobre la tierra, mientras la muleta permanece clavada en el fango.

El sol llueve sobre la pobre cabeza del indio. Por el rojo camino cubierto de vapores azulosos nadie pasa. El indio se encuentra solo, con su muleta hundida entre la greda que comienza a endurecerse y con el obligado silencio a que somete todas las cosas aquel sol achicharrante. Nadie pasa. Siente la lengua reseca éntrelas fauces. La humedad del fango podrido lo mantiene aletargado. Mira hacia arriba y aquel azul parece nunca acabar. No hay en él ni una raya blanca. Una nube de moscas ronda el cuerpo del indio Genaro. Hace dos días que ha salido del hospital, mutilado. Meses atrás, una astilla de leña le levantó la carne hasta el hueso. Genaro se empeñó con los medios a su alcance, por ver la herida seca, la pierna sana. La herida sanó aparentemente, pero el mal seguía por dentro. Transcurrieron los días y las semanas y la herida no sanaba del todo. Entonces llegó aquella puerca mosca y le agusánala carne. El dolor fue insoportable. Se arrancó la carne podrida con las uñas, se exprimió la llaga y vio salir gusanos rechonchos, semejantes a frijoles blancos. Eran todos anillados, con cierta dura movilidad. Alrededor de la herida la carne estaba tensa, tenía un brillo azulino. Desde luego, no pudo trabajar más. Pocos días después se hallaba con la pierna gangrenada, entonces llegaron unos vecinos de más allá del río y lo bajaron en una hamaca hasta el pueblo, donde nada pudieron hacerle, por lo que hubo de ser trasladado ala ciudad. Genaro llegó casi muerto. El mismo hubiera deseado morir. Los ojos, inmensos por la fiebre, se le hundían profundos en las cuencas. En la ciudad le cercenaron su pobre pierna podrida. Sólo le quedó un pequeño muñón. II Los niños juegan con una vieja rueda, escarchada de orín. Rueda abandonada, prestigio del lugar y blasón de la comarca .Alrededor de la casa está el sol como un gato echado. El viento enmaraña el pelo de los niños que juegan con la gran rueda del hambre. Camino abajo se ve llegar, casi a rastras, al indio Genaro. Es un pobre indio viejo. Llega con su único pie. El otro es sólo un muñón lacerado del que aún chorrea sangre. Se le ve llegar con los ojos cansinos. Los niños se disparan sobre él.-

 

¡Taita? taita!

 

Los perros saltan detrás de los niños.

 

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